Bailaores de flamenco que ‘se mueven entre géneros’

2 weeks ago

Una figura con un vestido rojo y largo se vislumbra sola en medio de la oscuridad, su rostro mira hacia la dirección contraria en la que está el público. Suena un quejío y los brazos de la figura se alzan ligeramente, como si los hubiera despertado aquel sonido lastimero. “Eres una rosa”, entona el cantaor. El cuerpo de la figura se mueve ligeramente, como si estuviera reuniendo energía, antes de dar la media vuelta en un solo movimiento veloz.

Lo que el público ve es tanto esperado como inesperado: el vestido y el peinado tradicionales del flamenco, la mirada penetrante y concentrada. Pero hay algo nuevo: la figura es un hombre, el bailaor Manuel Liñán, la estrella y el creador del espectáculo “¡Viva!”.

Si pensamos en lo que es el flamenco —música y baile con siglos de antigüedad que surgió a raíz del sincretismo de culturas en el sur de España— el resto del show es sorpresivo y revolucionario. Una presentación ejecutada por Liñán y seis extraordinarios bailaores vistiendo solo ropa de mujer, con coloridas batas de cola, mantones, cabello recogido con peinetas y decorado con flores. Mientras uno baila, otros lo acompañan con cantos, jaleos y palmas.

El espectáculo, que se iba a presentar a inicios de abril en el Festival de Flamenco de Nueva York en el teatro New York City Center, pero que se ha pospuesto a causa del coronavirus, representa algo nuevo para el público convencional de este arte: una muestra sincera y alegre de la identidad queer dentro del contexto del flamenco. Para Liñán, quien es gay, bailar es una forma de expresar quién es. Como dice él: “Mis bailaores y yo nos estamos bailando a nosotros mismos”.

“¡Viva!” ha gozado de una buena acogida por parte del público y los reseñistas desde su estreno en Madrid en 2019. El crítico del periódico español El País, Roger Salas, lo describió como “de lo mejor que nos está pasando en el crítico momento que viven la danza española y el ballet flamenco”. Tal recepción habría sido inimaginable incluso hace 20 años.

Algunos han comparado el espectáculo con Les Ballets Trockadero de Monte Carlo, una compañía estadounidense de ballet integrada solo por hombres que hacen parodias de clásicos como “El lago de los cisnes”. Pero “¡Viva!”, más que sátira, es simplemente una declaración de amor al flamenco.

Los bailarines de Liñán interpretan las tradicionales alegrías, tarantos y bulerías, bailes llenos de un zapateo intenso y rítmico, braceos ondulantes, golpes en los muslos, chasqueos de dedos y vueltas audaces, así como danzas de la escuela bolera, una expresión dancística más académica con rasgos del ballet y pasos más fluidos.

El nuevo flamenco, que ha dominado la escena desde los años ochenta, se ha alejado de los vestidos con batas de cola, los mantones y las peinetas que lucen los bailaores de Liñán en “¡Viva!”, así como del formato tradicional de palos (estilos de cante) y danzas a los que se apega “¡Viva!”.

Pero para Liñán, esta mirada al pasado representa algo intensamente personal, una manera de ver su propio despertar al flamenco. “Es lo que crecí viendo cuando tenía 11 o 12 años”, comentó Liñán, de 39 años, en una entrevista vía telefónica desde Madrid, donde vive.

De niño en Granada, ansiaba usar los coloridos vestidos de sus ídolos femeninos, bailaoras como Eva la Yerbabuena, Matilde Coral y Blanca del Rey, al igual que las glamurosas estrellas de cine de los años cincuenta y sesenta, como Lola Flores y Carmen Sevilla. “Me escondía en una habitación de mi casa para probarme faldas y maquillarme. Me daba miedo meterme en problemas y ser condenado al ostracismo”, dijo.

Durante su formación dancística le enseñaron a bailar “como un hombre”. Al igual que en casi todas las formas tradicionales de danza, entre ellas el ballet y el tango, la técnica del flamenco siempre se ha enseñado con variaciones para hombres y mujeres. A los hombres se les enseña a mover menos las manos y las caderas y a mantener la parte superior del cuerpo más rígida; las mujeres deben hacer movimientos más curvilíneos y de mayor lucimiento con los brazos y el torso.

Liñán contó que desde temprana edad se sentía constreñido por estas reglas. “Mi cuerpo no podía luchar contra estos impulsos, entonces al poco tiempo empecé a mover las manos como quería, al igual que las caderas. Comencé a moverme entre ambos géneros”.

Rocío Molina, otra artista que traspasa los límites de lo que se puede hacer en el flamenco, recordó que también le enseñaron eso. “Solía cambiar las danzas, incluso cuando era una joven estudiante”, dijo en una entrevista telefónica. Ha bromeado en el escenario sobre lo antinatural que le parece mover las caderas de lado a lado, como se les enseña a las mujeres, y cómo prefiere mover la pelvis hacia adelante y hacia atrás, como un hombre. “Puedo bailar con la misma fuerza, o más, que cualquier hombre”, aseguró.

Molina es una lesbiana en un campo en el que la homosexualidad femenina sigue teniendo muy poca visibilidad. Ella también es una intérprete famosa por su intensidad. “Mi baile siempre ha sido muy físico, muy extremo”, explicó. “He buscado el dolor para alcanzar un estado de trance”. Se toma su tiempo, atrayendo al espectador a su mundo, y luego explota en fragmentos sostenidos de un zapateo abrasador, con el cuerpo impulsado hacia adelante con una fuerza singular.

De los dos, Molina es la intérprete más transgresora, pero a ambos los une el interés de mostrar su lado más privado a través de la danza. Hasta hace poco, los temas de la identidad de género y la orientación sexual en general se habían dejado al margen. El teórico y artista del flamenco contemporáneo Fernando López Rodríguez ha rastreado la existencia de los artistas travestis en un libro de próxima publicación, “Historia queer del flamenco”.

En un correo electrónico enviado desde Madrid, explicó que el flamenco siempre ha tenido un componente queer. A inicios del siglo XX, había cafés y tablaos donde artistas travestis bailaban junto con intérpretes de flamenco más tradicionales. Pero con la dictadura de Francisco Franco, el travestismo se volvió clandestino hasta los años sesenta, cuando empezó a regresar a los escenarios “en el ámbito de las fiestas y espectáculos gays, exclusivas para artistas travestis”.

España ha cambiado. Han pasado 15 años desde que se convirtió en uno de los primeros países del mundo en legalizar el matrimonio gay, a pesar de la fuerte oposición de la Iglesia católica romana. El espectáculo de Liñán es un producto y una expresión de este cambio cultural.

Lo que no quiere decir que sus espectáculos no hayan molestado a algunas personas. Liñán quizá sea un artista del flamenco muy famoso y premiado, pero dijo que él y sus bailarines han sido objeto de provocaciones homofóbicas tanto dentro de la profesión como en internet. “Nos han acusado de ser la vergüenza del mundo del flamenco y nos han dicho que el diablo nos llevará”, me comentó. “Por supuesto que es doloroso, pero ese es el mundo en el que vivimos”.

Sin embargo, no hay duda de que “¡Viva!” es una celebración del arte flamenco, una afirmación de su belleza y de su capacidad de conectar con un público amplio. Cuando se presentó en el Festival de Jerez el mes pasado, un crítico elogió el espectáculo afirmando que “es una de las mejores cosas que se han visto en el festival en sus 24 años de historia”. Parece que el mundo del flamenco está listo para Manuel Liñán.

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